Ana está sentada en la tapa del aljibe, es profundo, pero sobre todo ancho, tan ancho que parece una puerta hacia otro mundo, podría ser la entrada al país de Alicia, podría ser un descenso misterioso. Ana sueña con ese misterio.
La tapa del aljibe siempre está cerrada, cerrada como la boca de Ana, que se pierde entre los animales y matorrales, escondida entre chiqueros y campos arados.
En el fonde de su casa hay una pileta donde se recoge el agua de lluvia que beben algunos patos y gansos y con la que su madre le lava el cabello para hacerlo brillar. Le importa mucho que brille, que se vea bien negro y muy limpio.
Cuando se lo lavan, Ana siente cierta violencia contenida, pero no se anima a decírselo a su madre. Ana aprieta los dientes y deja que le retuerzen el cabello y la piel, a veces, hasta las orejas. Ana ha aprendido a callar. Ana escucha y obedece, sabe lo que su padre piensa. El silencio es salud, se dice.
Ana siempre está sentada allí, en ese aljibe sola, a veces la corren porque siempre está ahí y no hace nada productivo. Ella enojada se escapa al río, trepa por los matorrales que crecen en las barrancas que dejan las sucesivas inundaciones en ese pueblo construido sobre un enorme pozo y se deja resbalar sobre el barro hasta caer en esas lagunitas que la corriente incontenible deja en las orillas.
Ana le teme al río, le teme al agua y sabe bien porqué … cierra los ojos y se ve en el asiento trasero del Citroen, ella y su familia van por el camino de tierra que sale a la ruta que lleva al pueblo y de pronto ve que el agua baja de la loma, baja y no baja sola, baja con las ramas, baja con la fuerza arrasadora de la pendiente, de las lluvias y tormentas acumuladas, baja con el temporal de viento y granizo después de las sequías.
El agua baja y arrastra las gallinas y los patos, arrastra los perros y caballos, el agua baja sin clemencia, con terror.
El agua se lleva el auto.Todos bajan, pero ella sigue allí en el asiento trasero con su libro de la colección roja de Billiken.
Las puertas abiertas y nadie alrededor, todos han bajado rápidamente y nadie nota que la niña sigueallí.
Ana grita , pero es un grito interno, la voz no sale, ella cree que grita, pero se ha acostumbrado tanto a callar que nadie la oye, ni la ve.
El agua corre por entre las puertas abiertas del citroen.
Es la inundación, y la inundación se lleva todo, ella lo sabe. Y espera, espera abrazada a la tapa roja y a las páginas que se deshacen entre sus manos chiquititas. Las ramas la lastiman, siente que la fuerza del agua le arranca sus pies, tironea de sus brazos. Los troncos le arañan el rostro y se deja ir… se deja llevar por el agua hasta que una mano desconocida la toma de su cabello negro y brilloso entre esa agua barrosa y turbia.
Ana aun duda, no entiende que fue lo que pasó. Pero sabe que, ahora, le teme al agua, le teme al río.
Abre los ojos, está allí en su aljibe de cada tarde, cada día y no ve muy bien, el sol le encandila la cara, pero sabe que la vienen a buscar y sabe por qué, hace horas que está con ese libro en el aljibe y sabe que no ha hecho nada, solo estar con ese libro, ese libro otra vez, siempre un libro. Siente a lo lejos una voz que grita enfurecida... le cuesta darse cuenta de las horas, Ana todavía no sabe las horas, pero sabe, sabe que la vienen a buscar, por lo que ha hecho o lo que no ha hecho, pero sabe que la van a atrapar si no corre, ya, ahora….
Y Ana abrazada a Emilio Salgari corre, tropezando con cuises y nadando entre el maizal atraviesa el kilómetro que la separa del río, y se deja caer, resbala entre las barrancas y las piedras y los animales muertos que ha dejado la correntada, resbala y se da cuenta de que las lagunitas con los renacuajos con los que suele jugar ya no están. El río es enorme y ella es pequeña. Se deja llevar, se abandona a su destino, de espaldas cae por el barro como una ramita, como una hojita sin rumbo y cierra los ojos mira el cielo azul, sus ojos se llenan de agua o de lágrimas, ya no lo sabe….Siente la fuerza del río entre sus piernas y no lucha, Ana es libre ya no le teme al agua, ya no.
Ve las sombras de los que la persiguen al pie de las barrancas, sus ojos se clavan en ellos y sonríe.
Y lo sabe, Ana prefiere la violencia del río
Ana se hunde en al agua y escucha los peces que le hablan, las algas que la acarician y abrazada a Emilio Salgari se va a navegar para siempre entre piratas,
corsarios, y correntadas.
25/11/08